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Sabores que el tiempo casi borró: El retorno de las variedades de café ancestrales a las mesas españolas

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Sabores que el tiempo casi borró: El retorno de las variedades de café ancestrales a las mesas españolas

Photo: rare heirloom coffee beans variety heritage farm Ethiopia, via cdn.shopify.com

Hay una paradoja inquietante en el mundo del café contemporáneo: mientras la cultura de especialidad celebra la complejidad y la singularidad del grano, la mayor parte de la producción mundial se concentra en apenas dos o tres variedades comerciales. Durante décadas, la presión por la eficiencia agrícola y la estandarización del sabor fue relegando al margen —y en muchos casos, directamente a la extinción— un patrimonio genético de incalculable valor. Sin embargo, algo está cambiando. En España, un número creciente de tostadores artesanales y cafeterías de autor están poniendo en valor variedades prácticamente olvidadas, rescatando sabores dormidos que ningún catálogo industrial podría reproducir.

El empobrecimiento silencioso del cafetal

Para entender la magnitud de lo que estuvo a punto de perderse, conviene mirar atrás. A mediados del siglo XX, la expansión masiva del cultivo de café impulsó una selección de variedades basada casi exclusivamente en criterios de rendimiento y resistencia a enfermedades. El resultado fue una homogeneización brutal: la Robusta y la Arábica comercial —en particular la variedad Caturra y sus derivados— colonizaron millones de hectáreas a expensas de centenares de cultivares locales que habían evolucionado durante siglos en perfecta sintonía con sus entornos.

Etiopía, cuna del café, llegó a perder acceso efectivo a decenas de variedades silvestres a medida que las plantaciones intensivas avanzaban sobre los bosques. En América Central, linajes como el Maragogipe —el llamado «café elefante» por el tamaño extraordinario de su grano— quedaron reducidos a anécdotas en catálogos especializados. En Yemen, origen histórico del comercio cafetero global, variedades de nombre tan evocador como el Harazi o el Dawairi sobrevivieron apenas en pequeñas fincas familiares, al margen del mercado internacional.

El despertar: cuando la biodiversidad se convierte en argumento de taza

La revolución del café de especialidad trajo consigo, entre otras cosas, una nueva forma de escuchar al grano. Los catadores más exigentes comenzaron a advertir que ciertas variedades rescatadas del olvido ofrecían perfiles sensoriales imposibles de alcanzar con los cultivares dominantes: acideces de una finura inusual, florales de extraordinaria complejidad, retrogusto que permanecía en el paladar como una melodía difícil de olvidar.

En España, este despertar llegó de la mano de importadores que empezaron a establecer relaciones directas con productores dispuestos a cultivar lo que el mercado convencional ignoraba. Tostadores como los que trabajan en estrecha colaboración con Barrio Café Gran Reserva han apostado por incluir en sus selecciones granos de variedades como el Gesha etíope —distinto del más conocido Geisha panameño—, el Typica jamaicano o el Bourbon Pointu de la Reunión, una variedad que estuvo a un paso de la extinción definitiva y que hoy se produce en cantidades ínfimas, casi artesanales.

Tres variedades que merecen ser conocidas

El Bourbon Pointu, también llamado Laurina, es quizás el ejemplo más elocuente de lo que significa rescatar un linaje. Con un contenido de cafeína notablemente inferior al de otras variedades —lo que lo convierte en una opción especialmente interesante para quienes son sensibles a este compuesto—, ofrece una dulzura delicada, notas de fruta amarilla y una acidez cítrica que recuerda a la bergamota. Casi desapareció de la Reunión en el siglo XIX y su recuperación, iniciada a finales del siglo XX, es hoy un modelo de conservación genética aplicada a la gastronomía.

El Maragogipe, variante mutante del Typica descubierta en Brasil a mediados del siglo XIX, produce granos de tamaño descomunal que durante mucho tiempo fueron considerados una rareza improductiva. Su perfil, sin embargo, es de una elegancia difícil de ignorar: cuerpo suave, acidez moderada y una capacidad para expresar el terroir de manera casi literaria. En Guatemala y Nicaragua aún sobreviven pequeñas plantaciones que hoy abastecen a tostadores de vanguardia.

El Yirgacheffe Heirloom no es una variedad única sino un término que agrupa los cultivares nativos no clasificados de la región etíope de Yirgacheffe. Su valor reside precisamente en esa heterogeneidad genética: cada lote es distinto, cada cosecha cuenta una historia diferente. Los tostadores que trabajan con estas selecciones hablan de perfiles que van del jazmín al melocotón, del té negro a la piel de naranja, con una variabilidad que hace de cada preparación una experiencia genuinamente irrepetible.

Sostenibilidad y sabor: dos caras de la misma moneda

El rescate de estas variedades no responde únicamente a un interés gastronómico o a la búsqueda de la rareza como argumento de marketing. Hay una dimensión profundamente ética en este movimiento. Las variedades ancestrales son, en muchos casos, más resistentes a las condiciones climáticas cambiantes que sus sucesoras comerciales, desarrolladas en entornos controlados y altamente dependientes de insumos externos. Recuperarlas significa, en la práctica, dotar a las comunidades productoras de herramientas para afrontar los desafíos que el cambio climático impone al sector.

Además, la biodiversidad genética del café es un seguro de vida colectivo. Cuantas más variedades se conserven en condiciones de producción real —y no solo en bancos de semillas—, mayor será la capacidad de adaptación del cultivo ante enfermedades emergentes como la roya, que ya ha devastado plantaciones enteras en América Central.

El papel del consumidor en esta historia

En última instancia, la supervivencia de estas variedades depende también de quienes las eligen en la taza. Cada vez que un consumidor opta por un café de variedad ancestral —aunque suponga un desembolso algo mayor que el de una bolsa estándar—, está contribuyendo a mantener viva una cadena que va desde la finca hasta la mesa, pasando por el trabajo de quienes han dedicado años a localizar, recuperar y poner en valor estos granos.

En Barrio Café Gran Reserva entendemos el café no solo como una bebida, sino como un lenguaje. Y los sabores que el tiempo casi borró son, quizás, los capítulos más elocuentes de ese lenguaje: los que nos hablan de dónde venimos, de lo que estuvo a punto de perderse y de lo que aún podemos preservar si elegimos con conciencia y con curiosidad.

Redescubrir una variedad ancestral en la taza no es un acto nostálgico. Es, ante todo, un acto de futuro.

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